Algo habrán hecho: La guerra del Paraguay

El siguiente material se trata de una producción dirigida por un canal de aire argentino llamado “Algo habrán hecho”, que trata objetivamente la Guerra del Paraguay.

Nos dice Wikipedia: Algo habrán hecho... Por la Historia Argentina es un programa de la televisión argentina, producido por la productora independiente Eyeworks Cuatro Cabezas, que narra, de manera entretenida y didáctica, los principales hechos que se sucedieron en el país, desde sus inicios, a comienzos del siglo XIX. El programa, por el momento, consta de sólo tres temporadas, de cuatro capítulos cada una. La primer temporada se emitió en el año 2005 por Canal Trece con la conducción de Mario Pergolini (productor del ciclo) y el historiador argentino Felipe Pigna, quien tuvo la idea original del programa. En el año 2006 el programa pasa a Telefé y es conducido por Pergolini y Pigna nuevamente. En cambio, a finales de 2008 se estrena la tercera temporada, nuevamente en la pantalla de Telefé, ya sin Pergolini (que había decidido a comienzos de ese año retirarse definitivamente de la televisión), que es reemplazado por su amigo Juan Di Natale, encargado de la conducción junto a Pigna.

El capítulo 6 de la Segunda Temporada es el que trata de la Guerra del Paraguay titulado “Los Apóstoles del Libre Comercio”.

 

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Brasil y Argentina, nuestros verdugos de ayer y hoy.

Incluido en la Edición Impresa del Diario Paraguayo ABC Color de la fecha 14/Setiembre/2009

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“La guerra del Paraguay será siempre un problema insoluble. La guerra del Paraguay fue uno de los grandes crímenes de la América del Sur”, son las palabras del conocido diplomático y escritor brasileño Joaquín Aurelio Nabuco de Araújo, de gran protagonismo público durante la segunda mitad del siglo antepasado. En su libro “La guerra del Paraguay”, el mismo también agrega: “Mientras los conservadores perseveraban en su propósito de hacer un exterminio, acaso contra la opinión de Caxias (quien al dejar el ejército declaró acabada la guerra con la toma de Asunción), los liberales, por hostilidad a Caxias y el gobierno, se ponían de parte del conde D’Eu y de Osorio, quien en este asunto le secundaba”.   


El Ejército paraguayo que oponía resistencia a las fuerzas invasoras de la Triple Alianza fue aniquilado durante los siete días de continuos combates en la zona de Itá Ybaté, a finales de diciembre de 1868. El 27 de dicho mes, en el postrer fragor del combate, el Mariscal Francisco Solano López logró escapar del cerco enemigo con unos pocos sobrevivientes de su Estado Mayor, con dirección a Yaguarón hasta su antiguo Cuartel General en Cerro León. Mientras tanto, las fuerzas aliadas se dirigieron a Asunción, donde entraron el 5 de enero de 1869, encontrándola completamente abandonada, al igual que la vecina ciudad de Luque. De inmediato, y durante semanas enteras, bajo la complaciente mirada de sus jefes, la soldadesca –en su mayor parte brasileña– se entregó al más vandálico pillaje que es posible imaginar. Las tropas brasileñas empezaron el saqueo destrozando a hachazos puertas y ventanas, llevándose cuanto encontraban a su paso, objetos y enseres, para embarcarlos. El pillaje se extendió a las ciudades vecinas de Itá, Yaguarón, Itauguá, Capiatá, Luque, y con posterioridad a casi todas las ciudades y pueblos del interior de la República. Las fuerzas argentinas, que estaban acampadas a orillas de la capital, tampoco desaprovecharon la ocasión, aunque fueron los brasileños los que más bárbaros destrozos causaron.   


Poco tiempo después de la ocupación de Asunción, el duque de Caxias, generalísimo de los ejércitos aliados, consideró que la guerra contra el Paraguay estaba terminada, pues ya no existían fuerzas paraguayas contra las cuales combatir. Comunicó al Emperador su apreciación de la situación existente en el teatro de guerra y su convencimiento de que la misma estaba acabada. Pero tal como lo señala el testimonio de Joaquín Nabuco citado precedentemente, en la Corte de Río de Janeiro se unieron políticos conservadores y liberales para instar al Emperador a que se prosiguieran las acciones militares hasta lograr el exterminio de la Nación paraguaya y de todo cuanto en el país existía. Para consumar el bárbaro genocidio, el Emperador nombró a su yerno, el sanguinario conde D’Eu, como generalísimo de las fuerzas aliadas en reemplazo del duque de Caxias.   


El conde D’Eu puso en ejecución su plan político-militar con dos objetivos estratégicos: por un lado, perseguir hasta dar muerte a López; por el otro, realizar incursiones de pillaje por las principales ciudades y pueblos de la República, con la expresa misión de destruir todas las instalaciones industriales y obras de infraestructura que pudieran existir en las mismas y sus alrededores, en particular la fundición de hierro de Ybycuí. Como era de esperar, fue esa tropa de saqueo y exterminio la que, a sangre y fuego, perpetró la destrucción material del país y el genocidio de la población que no había seguido al éxodo de las “residentas”, permaneciendo en sus comunidades. Ella se componía mayormente de mujeres y niños de corta edad, a más de ancianos inválidos. Antes de ser asesinadas, las mujeres fueron invariablemente ultrajadas.


El genocidio planificado por el gobierno imperial y ejecutado por las fuerzas militares brasileñas se inserta dentro de la calificación dada a este crimen de lesa humanidad por la Convención de las Naciones Unidas sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio que entró en vigor en 1951: “Infligir deliberadamente a un pueblo condiciones de vida calculadas para propiciar su destrucción, en parte o la totalidad”. Por tanto, corresponde que el Gobierno paraguayo reclame al Brasil una justa reparación histórica por el alevoso crimen de que fue víctima la Nación paraguaya en aquella terrible ocasión, como lo ha hecho Israel a Alemania, por el genocidio perpetrado por el régimen nazi contra judíos alemanes. Idéntico reclamo debe hacerse a la Argentina y Uruguay que, sin ser autores, son sin embargo solidariamente responsables por el inicuo Tratado de la Triple Alianza.   


Para el Paraguay, la Guerra contra la Triple Alianza tiene dos caras. Una de ellas lleva la impronta del pasado, del épico heroísmo de nuestro pueblo en esa guerra de exterminio. La otra refleja la dinámica de nuestra nación en el presente, y los perjuicios que seguimos sufriendo a causa del recurrente pensamiento imperialista de Brasil y Argentina. Dentro de las condiciones de contorno del tiempo y las circunstancias actuales, por debajo de la parafernalia diplomática de la supuesta integración, seguridad y cooperación proclamadas en solemnes tratados, las políticas de nuestros dos poderosos vecinos hacia nuestro país siguen siendo réplicas de las que hace siglo y medio los unieron en la criminal alianza para exterminar a nuestra nación. 


Esa política de mala voluntad hacia nuestro país no ha sufrido solución de continuidad desde los terribles días de la guerra genocida. Tras la muerte de López en Cerro Corá, las fuerzas militares de ocupación, brasileñas y argentinas, por casi una década trabaron la ardua tarea de reconstrucción nacional. En vez de apoyar la consolidación de un gobierno nacional serio, responsable y eficiente, los ministros y comandantes militares aliados ocuparon su tiempo promoviendo y abortando revoluciones y asonadas cuarteleras; todo con la finalidad de mantener presidentes de la República títeres a quienes imponer los ignominiosos tratados de límites convenidos en el Tratado de la Triple Alianza.   


Después de la guerra, luego de robarnos todo lo que pudieron de nuestra legítima pertenencia, la hostilidad de los gobiernos argentinos continuó por medios menos violentos, pero igualmente lesivos a nuestros intereses, perjudicando nuestro desarrollo con interminables trabas a la libre navegación del río Paraná. En tiempos recientes, por necesidad de ellos antes que nuestra, tanto Brasil como Argentina decidieron asociarse con nuestro país para construir las usinas hidroeléctricas de Itaipú y Yacyretá sobre el río Paraná, en las que, mediante leoninos tratados impuestos por dictaduras militares y abusos financieros, ambos socios continúan apropiándose dolosamente del caudal de energía eléctrica que nos corresponde. Más tarde vino el Mercosur, con sus promesas de beneficios comerciales, de cooperación y de solidaridad estructural, sin que hasta ahora nuestro país haya obtenido la más mínima ventaja económica real. En vez de hacer efectiva la cacareada integración y facilitar el intercambio comercial, tanto Argentina como Brasil no cesan de implementar medidas burocráticas y restricciones arancelarias contrarias a los acuerdos consignados en el tratado. En tal sentido, son hechos frecuentes que los productos agrícolas paraguayos perecederos se pudran en las aduanas de los pasos fronterizos de ambos países por excesivas demoras en la tramitación burocrática. Otras veces se pierden cargamentos de carne nacional destinada a Chile porque nuestros camiones son retenidos arbitrariamente en su tránsito por territorio argentino. En la otra frontera, las trabas que pone el Gobierno brasileño al libre comercio con nuestro país se ven a menudo complementadas con aparatosos y desproporcionados despliegues de fuerzas militares sobre nuestras fronteras, ofendiendo nuestra dignidad nacional como antaño.   


Tal como están las cosas, en su relación con el Paraguay, tanto Brasil como Argentina continúan siendo lo que fueron antes, durante y después de la Guerra de la Triple Alianza: imperialistas, explotadores y agresivos, y de los que en consecuencia nuestro país no puede ni debe esperar buenamente un trato justo en sus relaciones bilaterales.   


Ante tantas pruebas de las razones del Paraguay para sentirse arrasado en sus derechos como Nación, el gobierno del presidente Lugo debe aceptar el desafío de exigirles a nuestros dos poderosos vecinos la REPARACION HISTORICA que el pueblo paraguayo se merece.

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Tragedia de la Triple Alianza no ha sido superada, dice autor irlandés

Incluido en la edición impresa del Diario paraguayo ABC Color de la fecha 12/Setiembre/2009.

Por Armando Rivarola.

Fuente

Michael Joseph Lillis (63), un importante ex diplomático y exitoso hombre de negocios irlandés, hace 18 años que investiga la vida de su compatriota Madame Elisa Lynch y la Guerra de la Triple Alianza. Fruto de ello es el libro que está por presentar en inglés, portugués y español en coautoría con el historiador Ronan Fanning. Desde Dublín nos dice que, a 139 años del fin de la contienda, su impresión es que los efectos de aquella catástrofe aún no han sido superados. Sostiene que el Brasil debe hacer un mea culpa, pedirle perdón al Paraguay como lo hizo Inglaterra con Irlanda y actuar en consecuencia, para así iniciar por fin un verdadero proceso de reconciliación que le permita a nuestro pueblo dar vuelta la página y salir adelante.

Lillis tuvo una activa vida pública en los años setenta y ochenta, encabezó el equipo de negociadores que concretó el Tratado Anglo-Irlandés de 1985 con el gobierno de Margaret Thatcher, en el que por primera vez el Reino Unido le reconoció un rol a la República de Irlanda en los asuntos de Irlanda del Norte,  y se retiró de la diplomacia a finales de esa década para incorporarse a la compañía irlandesa Guinnes Peat Aviation (GPA), que llegó a ser la mayor proveedora mundial de aviones, luego adquirida por la estadounidense General Electric.


¿Madame Lynch?
En tal carácter, vino por primera vez al Paraguay en 1991 para firmar un contrato de arrendamiento de cuatro aeronaves para Líneas Aéreas Paraguayas. En esa ocasión, fue invitado al despacho del entonces presidente Andrés Rodríguez, quien, sabiéndolo irlandés, le preguntó qué se decía en su país de la heroína nacional del Paraguay, Madame Elisa Lynch. “Es un asunto de gran interés, Su Excelencia”, le respondió con todo el aplomo del que fue capaz. Comprensiblemente, lo primero que hizo al salir de allí fue preguntar él mismo quién diablos era Madame Lynch.


Así comenzó esta historia que pronto se convirtió en la obsesión de Michael Lillis, con mayor razón cuando se enteró de que su amigo, el comandante Rolim Amaro, quien sería un tiempo después el fundador de TAM Mercosur, “un gran hombre que tenía un enorme cariño por el Paraguay”, según lo recuerda, compartía exactamente el mismo interés.


Con Amaro y otros formaron un equipo de trabajo para realizar una serie de documentales sobre Madame Lynch y López, pero el proyecto se interrumpió abruptamente con el accidente que le costó la vida al recordado brasileño en julio de 2001, precisamente en las inmediaciones de Cerro Corá.
Nada justifica


Aunque Lillis manifiesta una profunda simpatía por el Paraguay, su conclusión a lo largo de todos estos años de estudio y reflexión es que Francisco Solano López cometió un grave error en el año 1864 al provocar una guerra con el Brasil.


“Por mi larga experiencia diplomática y por la propia historia de Irlanda, estoy convencido de que países pequeños como Paraguay y el mío tienen siempre grandes problemas para desenvolverse con sus gigantes vecinos. En el caso paraguayo con el Brasil y en nuestro caso con Inglaterra, que fue la mayor potencia mundial en el siglo XIX. Por ello, países como los nuestros tienen que ser muy inteligentes y muy visionarios para manejar estas complicadas relaciones. López se dejó llevar por ingenuas ilusiones de gloria militar y no puso en primer lugar el interés de su pueblo a largo plazo, esa fue su grave equivocación”, dice.
Añade, sin embargo, que “nada de eso, en modo alguno, justifica el ensañamiento que hubo con el Paraguay”.


Aplastamiento
“Una prueba clarísima de ello es que en el año 1868 la Triple Alianza ya había ganado la guerra, sin discusión alguna, pese a lo cual el Brasil decidió continuarla. El Duque de Caxias, que era el hombre de gran ilustración y prestigio en el Brasil, le recomendó en agosto de 1868 al emperador Pedro II dar por terminado el conflicto y retirarse del Paraguay. Pero el emperador, en vez de escuchar a su líder militar más distinguido, nombró para reemplazarlo a su yerno, el despiadado Conde D’Eu, para llevar adelante una estrategia de ocupación, aplastamiento y continuación de la guerra hasta la muerte de López o su salida de América del Sur”.


Lillis no duda al señalar que a partir de ese momento sobrevinieron “los acontecimientos más negros de la guerra”. No solo por las barbaridades que se cometieron, los saqueos, las violaciones, los comprobados actos de extrema crueldad, las ejecuciones no oficiales de prisioneros, sino por la completa indiferencia hacia el sufrimiento de la población civil. “Miles y miles se morían de hambre y enfermedades en la más absoluta desprotección y el Brasil, que tenía al país ocupado, no movió un dedo para evitarlo”.


Igual que en Irlanda
Compara esta situación con la actitud de Inglaterra frente a la tremenda hambruna que sufrió Irlanda entre 1846 y 1849, que provocó la muerte por inanición de un millón de personas y la huida a Estados Unidos de otros dos millones en barcos abarrotados –“peores que esos que vemos hoy llegar a Europa con inmigrantes africanos”–, buena parte de los cuales falleció en las travesías.


“Mi país ha estado ocupado por los británicos por 850 años, desde el siglo XII, y solo ahora es parcialmente independiente. Cuando ocurrió la hambruna, el Reino Unido no hizo absolutamente nada para detener la catástrofe, pese a contar con todos los recursos para hacerlo. Fue una actitud tremendamente desalmada, una insensibilidad fatal contra un pueblo que mantenía sometido. Como el 95 por ciento de la población era católica y nunca había aceptado cambiar de religión ni renunciar a sus sentimientos nacionales, la mayoría de los irlandeses era mantenida en una situación prácticamente de esclavitud, sin derecho a la propiedad sobre la tierra, sin derecho a la educación, sin derecho al voto, en condiciones miserables”.


Tanto en Irlanda como en el Paraguay, observa Lillis, estos hechos generaron resentimientos duraderos y una perniciosa sensación de humillación en la conciencia nacional. “Se puede sentir el abatimiento subyacente en el pueblo paraguayo hasta hoy. No quiero decir con ello que no tenga confianza en el Paraguay, todo lo contrario, lo considero un gran país con un gran sentido nacional. Lo que digo es que las secuelas de ese sometimiento extremo del que fue víctima todavía hoy resurgen a cada momento”, alega.


Itaipú
De la misma forma, observa, “en el Brasil ha subsistido también una latente falta de respeto y de sensibilidad hacia el Paraguay. La evidencia de ello es sin duda Itaipú, donde claramente uno utilizó su poder para aprovecharse de la fragilidad del otro. Porque yo sostengo que un reparto tan desventajoso de la explotación de un recurso natural compartido entre dos países, como es el caso de Itaipú, resulta completamente ilógico, injusto, es algo que nadie puede defender”.


Al respecto, subrayó que si bien el paso que han dado los presidentes Lula da Silva y Fernando Lugo contiene elementos positivos, “no puedo considerarlo como una resolución justa y razonable del problema, prácticamente no se tocó el corazón del asunto”.


Pedir perdón
Lillis sostiene que el Brasil, como primera medida para contribuir a cicatrizar las heridas que siguen abiertas, le debe pedir perdón al Paraguay.


Una vez más recurrió a la experiencia irlandesa. En 1997, el primer ministro Tony Blair hizo una declaración sin precedentes en un acto en Irlanda de conmemoración de la hambruna. Por primera vez el Reino Unido se disculpó oficialmente por su negligencia y su impiedad por no haber intervenido, como correspondía, para salvar las vidas de los irlandeses.

Ese fue un gesto, señala Lillis, que ayudó muchísimo a mejorar las relaciones entre ambas naciones y a tranquilizar los ánimos en las Irlandas. Un año después, el mismo Blair con su colega irlandés y los líderes de la dividida Irlanda del Norte firmaron el llamado Acuerdo del Viernes Santo, que puso fin a  más de 40 años de odio y violencia.


Lo mismo debe hacer el Brasil con Paraguay, insiste Lillis, y a partir de allí actuar en consecuencia, demostrando un real cambio de actitud.


“De este modo –se lee en el epílogo de la versión en castellano de su libro- se atenuaría el resquemor y se crearía una plataforma nueva e inspiradora para la reconciliación de los grandes pueblos del Brasil y del Paraguay”.

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