Brasil y Argentina, nuestros verdugos de ayer y hoy.
Incluido en la Edición Impresa del Diario Paraguayo ABC Color de la fecha 14/Setiembre/2009
“La guerra del Paraguay será siempre un problema insoluble. La guerra del Paraguay fue uno de los grandes crímenes de la América del Sur”, son las palabras del conocido diplomático y escritor brasileño Joaquín Aurelio Nabuco de Araújo, de gran protagonismo público durante la segunda mitad del siglo antepasado. En su libro “La guerra del Paraguay”, el mismo también agrega: “Mientras los conservadores perseveraban en su propósito de hacer un exterminio, acaso contra la opinión de Caxias (quien al dejar el ejército declaró acabada la guerra con la toma de Asunción), los liberales, por hostilidad a Caxias y el gobierno, se ponían de parte del conde D’Eu y de Osorio, quien en este asunto le secundaba”.
El Ejército paraguayo que oponía resistencia a las fuerzas invasoras de la Triple Alianza fue aniquilado durante los siete días de continuos combates en la zona de Itá Ybaté, a finales de diciembre de 1868. El 27 de dicho mes, en el postrer fragor del combate, el Mariscal Francisco Solano López logró escapar del cerco enemigo con unos pocos sobrevivientes de su Estado Mayor, con dirección a Yaguarón hasta su antiguo Cuartel General en Cerro León. Mientras tanto, las fuerzas aliadas se dirigieron a Asunción, donde entraron el 5 de enero de 1869, encontrándola completamente abandonada, al igual que la vecina ciudad de Luque. De inmediato, y durante semanas enteras, bajo la complaciente mirada de sus jefes, la soldadesca –en su mayor parte brasileña– se entregó al más vandálico pillaje que es posible imaginar. Las tropas brasileñas empezaron el saqueo destrozando a hachazos puertas y ventanas, llevándose cuanto encontraban a su paso, objetos y enseres, para embarcarlos. El pillaje se extendió a las ciudades vecinas de Itá, Yaguarón, Itauguá, Capiatá, Luque, y con posterioridad a casi todas las ciudades y pueblos del interior de la República. Las fuerzas argentinas, que estaban acampadas a orillas de la capital, tampoco desaprovecharon la ocasión, aunque fueron los brasileños los que más bárbaros destrozos causaron.
Poco tiempo después de la ocupación de Asunción, el duque de Caxias, generalísimo de los ejércitos aliados, consideró que la guerra contra el Paraguay estaba terminada, pues ya no existían fuerzas paraguayas contra las cuales combatir. Comunicó al Emperador su apreciación de la situación existente en el teatro de guerra y su convencimiento de que la misma estaba acabada. Pero tal como lo señala el testimonio de Joaquín Nabuco citado precedentemente, en la Corte de Río de Janeiro se unieron políticos conservadores y liberales para instar al Emperador a que se prosiguieran las acciones militares hasta lograr el exterminio de la Nación paraguaya y de todo cuanto en el país existía. Para consumar el bárbaro genocidio, el Emperador nombró a su yerno, el sanguinario conde D’Eu, como generalísimo de las fuerzas aliadas en reemplazo del duque de Caxias.
El conde D’Eu puso en ejecución su plan político-militar con dos objetivos estratégicos: por un lado, perseguir hasta dar muerte a López; por el otro, realizar incursiones de pillaje por las principales ciudades y pueblos de la República, con la expresa misión de destruir todas las instalaciones industriales y obras de infraestructura que pudieran existir en las mismas y sus alrededores, en particular la fundición de hierro de Ybycuí. Como era de esperar, fue esa tropa de saqueo y exterminio la que, a sangre y fuego, perpetró la destrucción material del país y el genocidio de la población que no había seguido al éxodo de las “residentas”, permaneciendo en sus comunidades. Ella se componía mayormente de mujeres y niños de corta edad, a más de ancianos inválidos. Antes de ser asesinadas, las mujeres fueron invariablemente ultrajadas.
El genocidio planificado por el gobierno imperial y ejecutado por las fuerzas militares brasileñas se inserta dentro de la calificación dada a este crimen de lesa humanidad por la Convención de las Naciones Unidas sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio que entró en vigor en 1951: “Infligir deliberadamente a un pueblo condiciones de vida calculadas para propiciar su destrucción, en parte o la totalidad”. Por tanto, corresponde que el Gobierno paraguayo reclame al Brasil una justa reparación histórica por el alevoso crimen de que fue víctima la Nación paraguaya en aquella terrible ocasión, como lo ha hecho Israel a Alemania, por el genocidio perpetrado por el régimen nazi contra judíos alemanes. Idéntico reclamo debe hacerse a la Argentina y Uruguay que, sin ser autores, son sin embargo solidariamente responsables por el inicuo Tratado de la Triple Alianza.
Para el Paraguay, la Guerra contra la Triple Alianza tiene dos caras. Una de ellas lleva la impronta del pasado, del épico heroísmo de nuestro pueblo en esa guerra de exterminio. La otra refleja la dinámica de nuestra nación en el presente, y los perjuicios que seguimos sufriendo a causa del recurrente pensamiento imperialista de Brasil y Argentina. Dentro de las condiciones de contorno del tiempo y las circunstancias actuales, por debajo de la parafernalia diplomática de la supuesta integración, seguridad y cooperación proclamadas en solemnes tratados, las políticas de nuestros dos poderosos vecinos hacia nuestro país siguen siendo réplicas de las que hace siglo y medio los unieron en la criminal alianza para exterminar a nuestra nación.
Esa política de mala voluntad hacia nuestro país no ha sufrido solución de continuidad desde los terribles días de la guerra genocida. Tras la muerte de López en Cerro Corá, las fuerzas militares de ocupación, brasileñas y argentinas, por casi una década trabaron la ardua tarea de reconstrucción nacional. En vez de apoyar la consolidación de un gobierno nacional serio, responsable y eficiente, los ministros y comandantes militares aliados ocuparon su tiempo promoviendo y abortando revoluciones y asonadas cuarteleras; todo con la finalidad de mantener presidentes de la República títeres a quienes imponer los ignominiosos tratados de límites convenidos en el Tratado de la Triple Alianza.
Después de la guerra, luego de robarnos todo lo que pudieron de nuestra legítima pertenencia, la hostilidad de los gobiernos argentinos continuó por medios menos violentos, pero igualmente lesivos a nuestros intereses, perjudicando nuestro desarrollo con interminables trabas a la libre navegación del río Paraná. En tiempos recientes, por necesidad de ellos antes que nuestra, tanto Brasil como Argentina decidieron asociarse con nuestro país para construir las usinas hidroeléctricas de Itaipú y Yacyretá sobre el río Paraná, en las que, mediante leoninos tratados impuestos por dictaduras militares y abusos financieros, ambos socios continúan apropiándose dolosamente del caudal de energía eléctrica que nos corresponde. Más tarde vino el Mercosur, con sus promesas de beneficios comerciales, de cooperación y de solidaridad estructural, sin que hasta ahora nuestro país haya obtenido la más mínima ventaja económica real. En vez de hacer efectiva la cacareada integración y facilitar el intercambio comercial, tanto Argentina como Brasil no cesan de implementar medidas burocráticas y restricciones arancelarias contrarias a los acuerdos consignados en el tratado. En tal sentido, son hechos frecuentes que los productos agrícolas paraguayos perecederos se pudran en las aduanas de los pasos fronterizos de ambos países por excesivas demoras en la tramitación burocrática. Otras veces se pierden cargamentos de carne nacional destinada a Chile porque nuestros camiones son retenidos arbitrariamente en su tránsito por territorio argentino. En la otra frontera, las trabas que pone el Gobierno brasileño al libre comercio con nuestro país se ven a menudo complementadas con aparatosos y desproporcionados despliegues de fuerzas militares sobre nuestras fronteras, ofendiendo nuestra dignidad nacional como antaño.
Tal como están las cosas, en su relación con el Paraguay, tanto Brasil como Argentina continúan siendo lo que fueron antes, durante y después de la Guerra de la Triple Alianza: imperialistas, explotadores y agresivos, y de los que en consecuencia nuestro país no puede ni debe esperar buenamente un trato justo en sus relaciones bilaterales.
Ante tantas pruebas de las razones del Paraguay para sentirse arrasado en sus derechos como Nación, el gobierno del presidente Lugo debe aceptar el desafío de exigirles a nuestros dos poderosos vecinos la REPARACION HISTORICA que el pueblo paraguayo se merece.
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